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Ana Escobar

Acto II · La teoría de lo improbable

A la velocidad de la luz

Dicen que algunas estrellas que vemos esta noche

dejaron de existir hace millones de años,

que su luz continúa atravesando el universo

sin saber que ya no queda ningún sitio al que regresar.

 

Me pregunto si nosotros funcionamos de esa forma,

si también llega tarde lo que creemos sentir,

si hay recuerdos viajando todavía por el cuerpo

mucho después de aquello que los hizo existir.

 

Quizá por eso a veces

te encuentro donde no estás.

No es que vuelvas.

 

Es la luz, que tarda en llegar.

 

A la velocidad de la luz

siguen llegando cosas que ya han terminado,

la forma de tu cuerpo,

una noche de agosto,

tu manera de mirarme

antes de mirar hacia otro lado.

 

A la velocidad de la luz

también el pasado sabe parecer presente.

Y yo creyendo que eras tú...

cuando solo era

lo último que quedaba

de nosotros

viajando hacia mí.

 

La distancia tiene formas bastante sofisticadas

de engañar a quien observa desde aquí.

Cuanto más lejos miramos en el universo,

más antiguo es aquello que creemos descubrir.

 

Tal vez por eso algunas noches todavía

puedo reconstruirte con absoluta precisión:

las películas a medias,

tu lugar en el sofá,

esa costumbre tuya de quedarte en silencio

cuando ya habías tomado una decisión.

 

Pero recordar no significa que algo exista.

También vemos estrellas

que llevan siglos muertas.

 

A la velocidad de la luz

siguen llegando cosas que ya han terminado,

una canción cualquiera,

demasiados agostos,

la temperatura exacta de tu espalda

cuando todavía dormías a mi lado.

 

A la velocidad de la luz

también el pasado sabe parecer presente.

 

Y yo creyendo que eras tú...

cuando solo era

una imagen antigua

atravesando el tiempo

hasta encontrarme.

 

Ocho minutos tarda el Sol

en llegar hasta nosotros.

 

Durante ocho minutos

podría apagarse

y seguiríamos viviendo

como si nada hubiera ocurrido.

 

Ocho minutos de luz, de ignorancia.

 

Supongo que algunas despedidas

funcionan exactamente igual.

Primero sucede el final.

Después nos enteramos.

 

A la velocidad de la luz

se alejan también las cosas que hemos amado.

No desaparecen de repente.

Se vuelven distancia.

Tiempo.

 

Una pequeña alteración

en la manera de mirar el cielo.

Y quizá algún día

alguien vea nuestra luz

desde un lugar lejano

y piense que aún estamos allí.

 

Aunque haga tiempo

que nos hayamos ido.