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Ana Escobar

Acto III

Coordenadas

He dejado tu nombre

debajo de la lengua,

por si alguna madrugada

la memoria se despierta.

He cambiado de calle,

de café, de estación,

pero el cuerpo tiene mapas

que no entiende la razón.

Voy deprisa a todas partes,

como si supiera llegar,

con esa extraña costumbre

de no querer regresar.

Dicen que el tiempo coloca

cada cosa en su lugar.

Debe de haber algún error:

sigues donde ya no estás.

¿Cuánto hay que alejarse

para cambiar de coordenadas?

¿Cuántos trenes, cuántas noches,

cuántas vueltas a la manzana?

Yo calculo las distancias,

tú apareces donde da igual.

Debe de haber algún error:

sigues donde ya no estás.

Y si todo tiene un punto,

una cifra y un final,

dime por qué diez pasos

nos hicieron regresar.

He barrido aquellas hojas

del rincón de nuestro patio,

pero octubre tiene el vicio

de volver todos los años.

He ensayado explicaciones

razonables, convincentes:

que los cuerpos se acostumbran,

que la ausencia es sólo ausencia.

Pero algunas madrugadas

mi hemisferio racional

se declara incompetente

y te vuelve a colocar.

Quizá fuimos dos errores

con vocación de acertar,

dos cuerpos haciendo equilibrio

sin aprender a aterrizar.

Y si mañana te encuentro

comprando pan,

perdiendo un tren,

buscando las llaves

en el bolsillo equivocado,

no voy a preguntarte nada.

Me bastará con saber

si todavía bajas los ojos

justo antes de sonreír.

Porque hay cosas

que no necesitan respuesta.

Solo ocurren.

Como equivocarse de andén

y acabar exactamente

donde querías estar.

¿Cuánto hay que alejarse

para cambiar de coordenadas?

He cambiado los lugares,

los horarios, las ventanas.

Ya no calculo distancias,

ni le pregunto a la razón.

Debe de haber algún error

en nuestra localización.

Porque todo tiene un punto,

una cifra y un final,

pero bastaron diez pasos...

diez pasos nada más.

Y aquí estamos.

En el mismo punto.

En distintas coordenadas.