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Ana Escobar

Acto II · La teoría de lo improbable

El pulso del caos

Puse un freno a mis pasos cuando noté

que mis latidos ya no me obedecían;

ahora golpeaban solo por tu nombre.

Y por eso me sumergí en mi propio laberinto.

La cordura dicta que uno debe guardarse una parte de sí mismo,

pero lo que cargo en el pecho ignora cualquier trato con la razón.

 

Rebelión contra el buen juicio.

Desacato a lo sagrado.

Saltar por encima de la frontera prohibida.

 

Te confieso, amor mío: esto no es cariño,

es una necesidad visceral.

Ya no me importa la frontera ni el juicio.

Solo quiero que mi pulso, por fin libre,

encuentre en el refugio de tu abrazo

el único lugar donde no necesito entender nada