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Ana Escobar

Acto V · El comportamiento de los cuerpos

Oh, poetas, que las haga suceder

¿Por qué cantáis al río,

oh, poetas, otra vez?

No me digáis que lleva agua,

dejadla correr.

Que moje todas las palabras,

que se mezcle con la tinta,

que atraviese los márgenes

y nos salpique la vida.

 

Porque nombrar no es suficiente.

Mirar tampoco es ver.

Hay cosas que solo existen

cuando alguien las escribe bien.

 

¿De qué sirve cantar la luna

si no la llevamos en los ojos?

¿De qué sirve escribir el fuego

si al leerlo no arde un poco?

 

No me nombres el río.

Déjalo correr.

Que un poema no diga las cosas.

Que las haga suceder.

 

No me digas que hay una flor.

Haz que me manche de polen.

No me cuentes que está lloviendo.

Haz que las ventanas lloren.

 

No escribas que alguien se marcha.

Déjame escuchar sus pasos.

No me hables de la distancia.

Pon el mundo entre dos manos.

 

El poeta es un pequeño dios,

pero no sabe que lo es.

Hace visible lo invisible

con un lápiz y un papel.

 

Que la palabra «mar»

deje sal sobre la boca.

Que la palabra «invierno»

nos obligue a cerrar la ropa.

Que alguien escriba «te quiero»

y por un instante

no sepamos muy bien

quién lo dijo

ni para quién.

 

¿De qué sirve escribir el fuego

si no nos quemamos un poco?

 

No me nombres la vida.

Hazme vivirla otra vez.

 

Que un poema no explique el mundo.

Que lo invente.

Que lo rompa.

Que lo vuelva a hacer.

No me nombres el río.

 

Déjalo correr.

Que un poema no diga las cosas.

Que las haga suceder.