Hay cosas que no pesan y consiguen derrumbar una casa,
silencios que permanecen cuando todos se han marchado.
La memoria tiene formas de alterar lo que recordamos
y de guardar lo que perdimos en lugares insospechados.
Me tranquiliza pensar que no todo necesita una respuesta,
que hay preguntas que envejecen sin llegar a resolverse.
Y que incluso lo invisible puede tener cierta consistencia
si después de tantos años todavía consigue conmovernos.
No voy a ponerle nombre.
Hay palabras que empequeñecen lo que intentan explicar.
Digamos solamente
que hay ausencias
que ocupan demasiado espacio.
Nadie te ve y todo se inclina.
Hay algo que permanece
cuando todo lo demás termina.
No apareces en las fotografías.
Pero hay cosas que se quedan
mucho después de haberse ido de nuestras vidas.
Hemos aprendido a distinguir la luz de su reflejo,
a calcular la distancia que nos separa de otras estrellas.
Pero seguimos sin saber por qué algunos recuerdos
conservan intacta la capacidad de doler y de salvarnos.
Hay personas que se marchan sin llevarse sus costumbres,
y palabras que regresan cuando nadie las pronuncia.
Una canción puede devolvernos a una habitación vacía
con la precisión inexplicable de una máquina del tiempo.
Y resulta que el pasado,
al que creíamos tan lejos,
tiene la mala educación
de presentarse sin aviso.
Y si mañana descubren
que estaban equivocados,
que la materia oscura nunca existió,
que fue un error en las ecuaciones,
tendremos que aceptar
una posibilidad bastante incómoda:
que hay cosas que sostienen nuestra vida
sin figurar en ningún inventario.
No necesito demostrar
que siguen estando aquí.
Me basta con reconocerlas
en todo lo que han dejado.
Materia oscura,
que la ciencia haga después lo que quiera.
Hay presencias que no se extinguen
cuando desaparece su materia.
Y para alguien que presume
de no creer en casi nada,
empieza a parecerme
una prueba suficiente.
El resto, que lo resuelvan los físicos.