Acto II · La teoría de lo improbable
A la velocidad de la luz
Las canciones necesitan conexión a internet.
Dicen que algunas estrellas que vemos esta noche
dejaron de existir hace millones de años,
que su luz continúa atravesando el universo
sin saber que ya no queda ningún sitio al que regresar.
Me pregunto si nosotros funcionamos de esa forma,
si también llega tarde lo que creemos sentir,
si hay recuerdos viajando todavía por el cuerpo
mucho después de aquello que los hizo existir.
Quizá por eso a veces
te encuentro donde no estás.
No es que vuelvas.
Es la luz, que tarda en llegar.
A la velocidad de la luz
siguen llegando cosas que ya han terminado,
la forma de tu cuerpo,
una noche de agosto,
tu manera de mirarme
antes de mirar hacia otro lado.
A la velocidad de la luz
también el pasado sabe parecer presente.
Y yo creyendo que eras tú...
cuando solo era
lo último que quedaba
de nosotros
viajando hacia mí.
La distancia tiene formas bastante sofisticadas
de engañar a quien observa desde aquí.
Cuanto más lejos miramos en el universo,
más antiguo es aquello que creemos descubrir.
Tal vez por eso algunas noches todavía
puedo reconstruirte con absoluta precisión:
las películas a medias,
tu lugar en el sofá,
esa costumbre tuya de quedarte en silencio
cuando ya habías tomado una decisión.
Pero recordar no significa que algo exista.
También vemos estrellas
que llevan siglos muertas.
A la velocidad de la luz
siguen llegando cosas que ya han terminado,
una canción cualquiera,
demasiados agostos,
la temperatura exacta de tu espalda
cuando todavía dormías a mi lado.
A la velocidad de la luz
también el pasado sabe parecer presente.
Y yo creyendo que eras tú...
cuando solo era
una imagen antigua
atravesando el tiempo
hasta encontrarme.
Ocho minutos tarda el Sol
en llegar hasta nosotros.
Durante ocho minutos
podría apagarse
y seguiríamos viviendo
como si nada hubiera ocurrido.
Ocho minutos de luz, de ignorancia.
Supongo que algunas despedidas
funcionan exactamente igual.
Primero sucede el final.
Después nos enteramos.
A la velocidad de la luz
se alejan también las cosas que hemos amado.
No desaparecen de repente.
Se vuelven distancia.
Tiempo.
Una pequeña alteración
en la manera de mirar el cielo.
Y quizá algún día
alguien vea nuestra luz
desde un lugar lejano
y piense que aún estamos allí.
Aunque haga tiempo
que nos hayamos ido.




